Vico observa con sus grandes ojos bien abiertos. Tiene solo cinco años y quizás en el futuro no pueda distinguir si lo vivió o solo lo soñó. Las fotografías que le tomó su madre, Gabriela, servirán para reforzar ese recuerdo: el día en que vio pasar un auto de Fórmula 1 por las calles de Buenos Aires, con Franco Colapinto al volante.

“En el futuro van a decir ‘mamá y papá me llevaron a ver a Franco’. Por eso no dudamos en traerlos. Fue una experiencia muy linda”, relata Gabriela, mientras abraza a Luca, su hijo mayor de siete años. Su marido, Juan Pablo, agrega: “Es algo histórico. Para ellos, que son tan pequeños, es una experiencia única. Están muy contentos”.
Ellos son apenas cuatro entre las más de seiscientas mil personas que colmaron las calles y los parques de Palermo para presenciar a un piloto argentino que irrumpió en un ambiente sumamente exclusivo con la frescura de un joven porteño. Fue un espectáculo en el que el protagonista no defraudó: aceleró el Lotus E20, decorado con el número 43 y los colores de Alpine, y realizó donas a lo largo del asfalto disponible.
Al mismo tiempo, Colapinto se mostró cercano y auténtico, consolidando su condición de ídolo popular.
El piloto no ocultó su emoción al reencontrarse con la persona que más deseaba que lo viera: su abuela Rosa. La mujer que lo vio partir a Europa con solo 14 años y que nunca pudo viajar para verlo correr estuvo ubicada junto al box instalado sobre Avenida del Libertador, donde esperó ansiosa.
El evento, que también contó con las presentaciones de Soledad y Luck Ra, no comenzó puntualmente, pero eso no importó a nadie. Tampoco fue problema que algunas puertas abrieran pasadas las 9 de la mañana. Nadie salió decepcionado.
Primero hubo un momento de gran emoción: Colapinto corrió hacia su abuela, quien esperaba detrás de una valla asistida por personal del SAME y trasladada en silla de ruedas. El piloto se inclinó para abrazarla, visiblemente conmovido.
Luego, Pato Sardelli, líder de Airbag, interpretó el himno nacional en guitarra eléctrica. Mientras tanto, los aviones de la Fuerza Aérea Argentina pintaron el cielo de celeste y blanco, resistiendo una lluvia que apenas dejó algunas gotas. A las 12:52, Colapinto se colocó el casco y se subió al E20 para salir a la pista por primera vez seis minutos después.
El público vibró con cada pasada durante una corrida de 14 minutos. Colapinto realizó donas y aceleró con moderación para que todos pudieran verlo de cerca en un Fórmula 1 por primera vez. El espectáculo se completó con el sonido espectacular del motor V8 y el característico aroma a caucho quemado.
Su segunda aparición fue el momento culminante del Road Show. La unión de épocas se evidenció cuando salió con el “Flecha de Plata”, el Mercedes-Benz W196 con el que Juan Manuel Fangio ganó los campeonatos de 1954 y 1955, comenzando con una Maserati. La presencia de Colapinto volvió inolvidable ese instante, no solo por el casco réplica de la década del 50 o la bandera argentina que llevaba en una mano.
Después de diez minutos en la pista con el W196, estacionó el auto antes del cruce de la calle Kennedy con Avenida del Libertador, descendió para saludar y se acercó al espacio reservado para personas con movilidad reducida y discapacidad, donde empezó a sacarse selfies y firmar autógrafos.
“Fue muy inesperado. No esperaba que frenara y menos que bajara hasta acá. Se sacó una foto con su propio celular y empezó a filmar a todos. Es increíble”, relató Martina minutos después. Y explicó el fervor por Colapinto: “Es por esto, la cercanía. El argentino es muy pasional en todo, ya sea automovilismo, fútbol o cualquier ámbito donde hay un argentino. Pero Franco se acerca mucho a sus fans. Es una pasión muy bonita”.
El intercambio con el público fue más extenso e inesperado incluso para la seguridad, que tuvo que ir corriendo tras Colapinto de un lado a otro. Cuando regresó al “Flecha de Plata”, condujo con cuidado hasta el box y dejó su huella en el auto: su autógrafo.
El clímax llegó al final, tanto para el piloto como para la multitud. Colapinto subió por última vez al coche número 43 para cumplir lo prometido: acelerar a fondo y realizar donas en cada metro disponible de las avenidas Sarmiento y Libertador.
Durante esos 14 minutos, similares en duración a la primera tanda pero con una diferencia visual notable, quemó tanto los frenos que los mecánicos debieron intervenir rápidamente para extinguir un incendio en la parte trasera del monoplaza. Mientras tanto, el piloto fue a abrazar a su abuela y la envolvió con la bandera argentina.
Inmediatamente después, Colapinto subió a un autobús descapotable azul y desde esa altura pudo apreciar en detalle la magnitud del evento. Ni desde el suelo con el auto ni desde sus 1,74 metros en persona había ubicado la enorme multitud congregada en la Plaza Holanda, algo que se replicó en cada una de las plazas con acceso gratuito para el público.
“Me quedo sin palabras. Estoy procesando todo de a poco. Es una locura la cantidad de gente que vino”, le confesó a Juan Fossaroli, su único interlocutor del
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